FocoBLOG

Zapa-tones

Entrada publicada el 13 de Mayo de 2008 por John Tones

(Vuelvo a tener pesadillas es la serie del Focoblog dedicada a glosar las excelencias de la serie Pesadilla en Elm Street en general y de todo lo freddístico en particular. Desde el merchandising a las películas canónicas, pasando por los tebeos, si tiene polito a rayas y guante con uñas, este es su chamuscado hogar)

fred1.gif

Noel
me pasa, inadvertidamente, las que posiblemente sean las mejores zapatillas de la historia. De mi historia al menos. Soy fanático de las bambas franquiciadas (Space Invaders, Jackass, Iron Maiden, Tron, Descendents…), pero estas son una auténtica maravilla. Las Freddy Krueger Nike Dunk Low SB tienen una suela que imita la piel quemada del divo. La lona tiene rayas idéntidas a las de su icónico jersey. Y parte de los refuerzos tienen falsas manchas de sangre y zonas agujereadas. Son perfectas, y habiéndome regalado eunice el fin de semana pasado esta estupenda action figure de Nancy Thompson, veo venir muy buenos tiempos para mis pesadillas.

fred2.gif

Vuelvo a Tener Pesadillas (7)

Entrada publicada el 11 de Agosto de 2005 por John Tones

Todo se termina, ¿eh? Bueno, no se apuren. Quizás hablemos de Freddy Vs. Jason (aunque esencialmente tienen casi todo lo que puedo decir sobre ella aquí y aquí), quizás de algún tebeo que otro, quizás de Las Pesadillas de Freddy. Veremos. Mientras, veamos qué puede ofrecernos La Nueva Pesadilla de Wes Craven, séptima entrega de la serie y, también, la más frustrante y resabiada de todas.

La Nueva Pesadilla resume sus mejores virtudes y sus grandes defectos en su primer minuto: con tres o cuatro primeros planos, Wes Craven rehace los fundacionales títulos de crédito de la primera parte. En un ambiente lóbrego y húmedo vemos unas manos construyendo una zarpa mecánica de uñas afiladas… ¡que se mueve sola! Pero ojito, que el dueño de las manos, acaba… ¡cortándose una para ponerse la mecánica! ¡E inmediatamente después Wes Craven himself grita “Corten”! Guau, ¿eh? Bueno, no tanto: de inmediato vuelve el Craven que algunos aman y yo temo: en sólo un minuto más, planificación ramplona, efectos cutres, cabalgata de sustos chuscos, diálogos oligofrénicos y oh, el colofón, todo era un sueño. Así es La Nueva Pesadilla, una avalancha de ideas que no acaban de llegar, continuos amagos de giros radicales en la serie que no funcionan, y sobre todo, muy curioso para ser una película tan decidida a funcionar como borrón y cuenta nueva en la serie: es la entrega mas autorreferencial de todas. Craven puede cantar misa, pero La Nueva Pesadilla no tiene ningún sentido sin tener bien fresquitas las anteriores entregas. Y a veces, ni aún así. Poco después de esta introducción, uno de los personajes suelta un vacío “Dreams are like that!” que podría servir de slogan para la carátula.

Wes Craven tiene un concepto muy sencillo de “metarreflexión”: amontonar referencias, primeros planos del guión material (el tocho de papel dialogado, vamos) de la película y un montón de actores como themselves. El resultado, lo reconozco, es curioso y moderadamente hormigueante. La verdad es que prefiero la desafiante pedantería de esta entrega a la plomiza mediocridad de la sexta: Heather Langenkamp (Heather Langenkamp) vuelve a tener las pesadillas que le atenazaron mientras rodaba la primera entrega de Elm Street, protagonizadas por un nuevo Freddy, más poderoso y terrorífico. Mientras, su hijo comienza a desquiciarse y Wes Craven (Wes Craven) escribe el guión de una nueva película de la serie. Sugerente, ¿eh? Bueno, no esperen gran cosa (¡es Wes Craven! ¿Recuerdan el tramo final de La Serpiente y el Arco Iris? ¡Dios!), pero hay ideas de considerable poder icónico, muy sugerentes: durante uno de lo terremotos una de las paredes de la casa de Heather se agrieta con la forma de las uñas de Freddy; y cuando ve las uñas marcando el cuerpo de su hijo vomita de inmediato. Craven, a veces, no se molesta en dar explicaciones ni justificar los guiños, y ahí es cuando la película resulta gratificante. Por ejemplo, en un momento dado, Heather se descubre diciéndole a su hijo que tiene que calmarse y dormir, justo lo que ella oyó tantas veces al protagonizar la primera entrega. El juego de espejos más complicado (involuntario, me temo) tiene lugar cuando John Saxon (John Saxon), que daba vida al padre de Nancy en la pesadilla original, repite punto por punto un diálogo de esa película, y es en ese momento cuando Nancy se da cuenta de que sigue estando dentro de una: no puede escapar de la sombra de su personaje. Demasiadas lecturas contradictorias y casuales.

Lo que no resulta casual es la chulería de Craven, que escribe constantes referencias a lo buena que es la primera parte, lo malas que son el resto, y lo
auteur del terror que es él. Sin duda es lo más divertido del peliculón: el niño asustándose hasta un grado cercano al enloquecimiento cuando ve alguna secuencia de la primera entrega (protagonizada por su madre) que, reconozcámoslo, transpira un grado de transgresión visual raramente igualado en el resto de la serie. En esta dirección de prepotencia mal enfocada apunta la mejor idea de la película, y que arranca en un programa de televisión en el que aparece Robert Englund (Robert Englund, en un papel curiosísimo) maquillado como el Freddy clásico, soltando one-liners y filmado desde atrás y a contraluz, lo que le da a la vez un aspecto a la vez inquietante y patético. Más adelante, Craven, haciendo de Craven, explicará que Freddy forma parte de un mal ancestral (sí, así de genérico) que es contenido contado historias sobre él; y que cuando la historia se hace muy familiar, ese mal gana poder. Con un valor digno de mejor meta, Craven desprecia de un plumazo las cinco secuelas en las que no intervino: y egomanía aparte, es una gran y muy peculiar idea. Cuanto peores son las historias, más fuerza malvadisca tiene el icono, lo que sin duda explica el magnetismo de la serie Z, y que algunos prefiramos las lesboidioteces de Jean Rollin al Drácula de Coppola. “Desde un punto de vista narrativo, tiene todo el sentido”, llegan a decir Heather & Wes. Sí, ya, sentido mis cojones.

A pesar del ritmo atrompiconeado, del final del horror con simbología demoniaca de libro de texto (que cuenta, sin embargo, con la mejor frase de la película: Freddy aullándole a Heather “Meet your maker”), a pesar del niño del horror, no puedo evitar cierta simpatía malvada por La Nueva Pesadilla de Wes Craven. Por su chulería, por su ambición completamente fuera de lugar, por sus contradicciones, por sus metáforas de esparto. Y quién me lo iba a decir a mi edad, la culpa sólo puedo echársela a Wes Craven. Reconocido queda.

Vuelvo a tener pesadillas (1)
Vuelvo a tener pesadillas (2)
Vuelvo a tener pesadillas (3)
Vuelvo a tener pesadillas (4)
Vuelvo a tener pesadillas (5)
Vuelvo a tener pesadillas (6)

Lee los comentarios en el antiguo FocoBLOG

Vuelvo a tener pesadillas (6)

Entrada publicada el 21 de Junio de 2005 por John Tones

Hay cosas indisculpables en Pesadilla en Elm Street 6: La Muerte de Freddy. Y que arranque citando a Nietzsche no es la peor. Sin duda, una de ellas es el dubitativo rumbo que toma, siempre en tierra de nadie, siempre a medio camino entre la juerga para adolescentes de la cuarta y el supuesto retorno a los orígenes de la quinta entrega, pero no saltando de un tono a otro, sino creando una especie de mixtura fungosa y desalmada, de eterno desconcierto. Y nada de desconciertos lisérgicos, que quizás son los que buscaban los responsables de la película: desconcierto bobo, inepto. Siempre he creido que lo peor de la sexta parte es esa intención de matar a Freddy, ese mensaje implícito (malamente) y explícito (peormente) de “Esto ya no es lo que era: matemos a Freddy, los fans lo agradecerán”. Cuando, creo yo, los fans habrían agradecido un clon de la cuarta o la quinta entrega (la tercera, me temo, había sido elevada a un podium inalcanzable).

Así, Freddy, aparte de tener el maquillaje más feo de toda la serie (una especie de versión sonrosadita, sin pus, como saludable, de las quemaduras de la quinta) no se decide entre hacer chistes, protagonizarlos o padecerlos. Como dice Nacho, Pesadilla en Elm Street 6 es un continuo encogimiento de hombros. Un poco por perplejidad, y un poco por hastío. Nada más hacer su primera aparición, Freddy se disfraza dos veces (sin miedo al siempre chirigotero travestismo, además). La luz directa nunca había estado tan enemistada con el psicópata, que aquí luce jersey de colores brillantes, y sin embargo a la pesada de Rachel Talalay le dolia la boca de tanto decir que esta entrega sería tan oscura y macabra como, no ya la quita o la tercera, sino como… ¡la primera! El truco, supongo, está en hacer que las víctimas potenciales, en vez de ser los niños pijos de Springwood, sean los malotes: drogadictos, inadaptados, macarras de pastel… volviendo un poco a las raíces de la tercera, pero cometiendo el imperdonable error de trazar las personalidades de los jóvenes a golpe de tópico (¡la droga! ¡el videojuego! ¡el sonotone!), y endosar a la película una buena cantidad de llantos y crujires de dientes juveniles antes de que empiece la marcha. El problema, el gran problema de Pesadilla en Elm Street 6 es que no se reconoce a sí misma: quiere romper con la tradición, pero las secuencias oníricas son más blandas que nunca. Da rabia pensar en lo que un Renny Harlin habría podido hacer con el asesinato dentro del videojuego o el del joven sordo: Freddy es ya un payaso, quizás llevaba años siéndolo, pero carece del toque sádico de la cuarta entrega.

Y eso que hay momentos en los que la película parece que va a diseccionar la metafísica del sueño (incluso la metafísica del sueño según las entregas previas, que sería lo interesante), pero no. Por ejemplo, arranca con una caída inacabable: agarra uno de los sueños más tópicos (junto a ser castrados por una banda de latin kings, mearse en una conferencia sobre científicos locos o salir a la calle con la chorra al aire), de esos psicológicamente analizables, y lo convierte en una experiencia física, de parque de atracciones… el problema es que de ello no extrae nada. Otro ejemplo: la mejor secuencia de la película (sin Freddy, sintomático detalle) consiste en un chico que comienza a desplegar un plano, y no acaba. Despliega, despliega y despliega, y no para de desplegar. La Rebelión De Los Objetos y La Pérdida De La Perspectiva Física, dos pesadillas mayúsculas que no pasan de la categoría de gag gagá. Agag.

Es una pena, porque a eso hay que sumarle una de las ideas de arranque más sugestivas de la serie: Freddy Krueger se enfrenta a un dilema existencial. Ha matado tantos adolescentes que ha dejado a Springwood poblada únicamente por adultos. Por ello no puede permitir que el último escape, y lo utiliza como imán de nuevas víctimas, embutiendo al pobre chaval en un maremagnum de laberintos, encrucijadas, cintas de Moebius y grititos de pánico que hacen presagiar, en lo conceptual, alguna sorpresa agradable. En este sentido, a la película se le escapa algún eructo abstracto de alta intensidad, como esa feria desolada y siniestra por el simple hecho de que no hay niños ni adolescentes (“We are in Twin Peaks here”), situación que hace incluso que los adultos enloquezcan y se conviertan en Tom Arnold y Roseanne Barr. Encontramos de nuevo curiosas reflexiones sobre la paternidad (en esta entrega los padres son los auténticos villanos: de un personaje abusan, a otro le maltratan, de otro pasan, el de otra, en fin… ¡es Freddy Krueger!), y una poco definida, pero intrigante ecuación adolescentes = espectadores = víctimas, que después de seis entregas podría (podría, podría, es la puta entrega del “podría”) haber hecho brotar alguna interesante idea sobre la juventud (con Freddy ya claramete identificado con su antítesis: la vejez).

El concepto es atractivo: un asesino sin víctimas no es nada (lo que también sirve como una especie de homenaje de Freddy a sus espectadores potenciales, que lejos de asustarse, jalean y dan vivas a las sangrientas tropelías del monstruo), y la trampa argumental que se saltan a la torera series como Viernes, 13 (no, va, ¿en serio hay gente que vuelve a Crystal Lake a estas alturas?) aquí podía haberse convertido en una peculiar divagación acerca de los códigos narrativos del cine de terror, pero no. Pesadilla 6 cae en su propia trampa, no sabe salir indemne de un punto de partida tan inusual, y hace que Springwood esté rodeada de una especie de campo de fuerza tanto durante el sueño como durante la vigilia. Todo es irregular y cualquier retruécano, de esos que tan sabiamente combinaban realidad y pesadilla en la tercera entrega, está forzado y se le ve el truco. Como siempre, la magia, la maldita magia es la excusa de los guionistas débiles, y el recurso de unos demonios milenarios que se alimentan de sueños y a los que Freddy debe alimentar es el pasaporte a un todo vale bastante garrulo, incluído el gimmick de las secuencias en tres dimensiones (flojitas: las de Viernes 13-3D eran muy superiores). La insistencia en hurgar en un pasado de Freddy que no necesitamos conocer da pie a unas cuantas escenas que se contradicen a sí mismas (¿quieren darnos miedo porque Freddy Krueger podría pasar por el padre de familia perfecto o porque tiene tratos con malignos demonios ancestrales?), y a las que no les puedo negar, eso sí, un par de valores. Primero, un cameo de Alice Cooper, supongo que para compensar que la banda sonora es de Brian May. Segundo, el mejor plano de la película: mientras curioseamos por el sótano en el que un Freddy pre-Freddy comete sus crímenes, gozamos de un repaso a un amplio catálogo, una especie de banco de pruebas donde se acumulan distintos modelo de guantes con cuchillas… no me habría importado echar un vistazo al guardarropa del psicópata: ¿tenía también jerseys con distintos colores en las rayas?

En este, justo en este plan divaga uno cuando ve Pesadilla en Elm Street 6. Fiu.

Vuelvo a tener pesadillas (1)
Vuelvo a tener pesadillas (2)
Vuelvo a tener pesadillas (3)
Vuelvo a tener pesadillas (4)
Vuelvo a tener pesadillas (5)

Lee los comentarios en el antiguo FocoBLOG

Vuelvo a tener pesadillas (5)

Entrada publicada el 22 de Abril de 2005 por John Tones

Sin ser un producto redondo, Pesadilla en Elm Street 5 es, quizás, una de las entregas más infravaloradas de la serie. Al fin y al cabo, hasta entonces el resto ofrecían justo lo que se esperaba de ellas, o al menos lo que, con cierta perspectiva, debían ofrecer: la original, revolucionaria y arisca; la secuela, traicionera y aislada; la tercera, reubicada y juvenil; la cuarta, desprejuiciada y autoparódica. La quinta, imponía la lógica, debía ser más excesiva que la cuarta, explotando los dividendos adolescentes que tan buenos frutos había dado au predecesora inmediata, e infantilizando aún más, si cabe (cabe: miren a Chucky) al monstruo que habita en nuestras pesadillas. Pero no. Pesadilla en Elm Street 5 inauguró la tendencia, prometedora pero con resultados poco inspirados, de “recorramos vericuetos argumentales que el espectador no espere” (recuerden las 3D con justificación de la sexta, la pirueta ultraposmoderna de la séptima, el choque de titanes de la última). En este caso, no sé muy bien a qué brilante ejecutivo de New Line se le ocurrió, pero se pensó que volver al tono macabro y pesimista de las dos (en parte, las tres) primeras entregas, hurgando de nuevo en el tema de las defunciones adolescentes, iba a funcionar comercialmente. No lo hizo en demasía, sobre todo porque Freddy ya no podía desembarazarse del todo de los excesos cometidos en la anterior entrega. El resultado, una película sin rumbo definido, pero con detalles de sumo interés. Veamos.

A pesar de su afán rupturista con la anterior entrega, la quinta parte de Pesadilla en Elm Street comparte con su predecesora una actriz (una de las escasas concesiones a la escasamente respetada continuidad de la serie): Lisa Wilcox como Alice, la chica que quedaba embarazada en la anterior entrega, y que aquí descubrimos que lleva en su vientre a un blanco perfecto para las iras oníricas de Krueger. Sirve también para que los nuevos guionistas (los novelistas, abanderados del entonces modernísimo y hoy por desgracia olvidado splatter-punk Skipp y Spector) vuelvan sobre uno de los temas vectores de la serie: la paternidad, sus responsabilidades, sus consecuencias y su transfondo de violencia psicológica y secretos obligados. Si en las anteriores entregas, Freddy era la Culpa que atosiga a los padres y agrede a los hijos, en esta ocasión es símbolo de los mismísimos Pecados que destruyen a los padres y convierten a los hijos en un reflejo oscuro de sus progenitores. Suena muy rimbombante, pero hay que situar todo esto en su justo contexto: estamos en una Quinta Parte De Una Saga Protagonizada Por Un Asesino De Niños Que Vuelve De La Tumba Cargándose Adolescentes A Través De Sus Sueños. Una cosa no quita la otra.

Por eso, esta quinta entrega arranca orgullosa de pertenecer a una tradición muy específica: Alice deambula por una de las mejores pesadillas de la serie, de espectacular poder simbólico, en la que se recurre a los códigos conocidos por todos. La masa ingente de agua cubriendo un cuerpo minúsculo, la caída al vacío… hasta la fábrica, que esta vez descubrimos de dónde procede toda la estética de tuberías y cadenas (¿no era la guarida de Krueger, donde murió abrasado?… benditas reformulaciones): en realidad es el manicomio donde fue violada Amanda Krueger, madre del monstruo. Una historia que a mí particularmente nunca me terminó de convencer, ya que desprovee a Krueger de su maldad connatural, de su evilismo congénito, para convertirse en una cuestión heredada… pero en un plan muy facilón, demasiado matemático-católico-católoco (monja violada x 100 locos = hijo malvado). Los ramalazos de mitología católica de la película, no por inadecuados son menos inquietantes, y entroncan el guión con hitos del terror clásico: el alma pecadora de la monja suicida, el renacimiento de Freddy en la iglesia profanada (con imágenes gozosa y autoasumidamente blasfemas, como ese árbol raro e impío naciendo bajo el altar)… Por otra parte, enfocada desde un punto de vista moral, no religioso, la idea de que los hijos hereden el comportamiento perturbado de los padres (los locos se lo transmiten a Freddy, Freddy al hijo nonato de Alice) es fascinante, y encomiable en una cuarta secuela como esta. De todos modos, reconozcámoslo, todas las secuencias relacionadas con el manicomiio, rodadas de forma ultraexpresiva por un inspirado Stephen Hopkins que usa todos los ojos de pez, cámaras subjetivas y travellings enloquecidos que tiene a mano, son lo mejorcito de la película. En ese sentido, poco se le puede reprochar a la avallasadora conclusión del combate final: Freddy es lanzado a un foso donde se encuentra con sus cien padres, que le descuartizan y se reparten sus miembros. El simbolismo es tan atroz que se queda palpitando bajo la sesera de cualquier espectador medio sensible bastante tiempo después de abandonar la película.

Las secuencias terroríficas de Pesadilla en Elm Street 5 comparten la indecisión estetica y temática del resto de la película: heredan la gloriosa latexfilia de la cuarta entrega (¿no echan ustedes de menos esas montañas de látex, esos maquillajes surreales en estos tiempos de sangre por CGI?), pero tiene que bregar con la oscuridad temática que han tramado los guionistas: por una parte, hay una cantidad absurda de one-liners y chascarrillos. La demoledora frase con la que la Motofreddy saluda a su dueño, “Better not dream and drive”, encuentra una maravillosa traducción en “Si sueñas no conduzcas”. Más: la secuencia de Superfreddy (curioso engendro supermineralizado e hipervitaminado éste) es de las más chuscas y payasas de la serie. Pero por otro lado, hay pesadillas oscuras, muy alejadas del turmix Miami Vice/Tiburón/La Mosca (¡todo en la misma secuencia!) con la que nos encontrábamos en Pesadilla en Elm Street 4: el sueño de la moto convirtiéndose en Freddy hunde sus raíces en la corriente estetica, (por entonces) poco a poco cada vez más asimilada por el mainstream, de la Nueva Carne, dando lugar a un híbrido, el de teen motorizado (literal) que habría firmado con gusto un hijo bastardo y pop (e in vitro, por Dios) de Katsuhiro Otomo y David Cronenberg. Mi pesadilla favorita es la que conduce a la muerte de la amiga anoréxica de Alice, que entronca estéticamente con la maravillosa Society, redundando en la idea de que los hijos heredan los defectos más patéticos (no sólo los letales y/o terribles) de los padres, y que posee una crueldad no exenta de ironía, de trazas caníbales, que sería infilmable hoy día.

Pesadilla en Elm Street 5 también hurga en la naturaleza y condiciones de los sueños como territoro fantasmal de cada una de nuestras tristes vidas: posee, por ejemplo, guiños acerca de los sueños lúcidos, como cuando el joven dibujante se introduce en un dibujo de la famosa casa desvencijada, y su amiga Alice le sigue, escribiendo su nombre a su lado en la ilustración y cayendo dormida. Es una técnica tan de manual que no me extrañaría que Skipp y Spector hubieran estudiado el tema de los sueños autoinducidos preparando el guión. Otro tema en el que la pelicula entra a trapo: los sueños de los bebés nonatos, seres vivos que pasan toda su existenia (hasta que nacen, vamos, que entonces se convierten en otra cosa) en un estado muy similar al sueño. Las secuencias en las que Freddy (atención a esto) alimenta al bebé de Alice a través del cordón umbilical, gracias a los sueños del feto, con las almas de los amigos muertos de la madre, son de un metaforismo tan extremo que dan auténtico pavor. Los cincuenta minutos finales, en fin, son un carrusel de pesadillas prácticamente ininterrumpidas, con todo lo que eso conlleva: cambios de puntos de vista, realidad que se disuelve, efectos especiales y de montaje cada vez que un personaje dobla una esquina, trampas visuales de caer en ellas una y mil veces. Cincuenta minutos, insisto: un tour de force que demuestra una honestidad indiscutible (casi tres cuartas partes de las escenas de la película son oníricas: no se puede decir que no nos estén dando aquello que veníamos buscando como espectadores) y que definitivamente, inclina la balanza a favor de esta modesta pero gustosa secuela.

Vuelvo a tener pesadillas (1)

Vuelvo a tener pesadillas (2)

Vuelvo a tener pesadillas (3)

Vuelvo a tener pesadillas (4)

Lee los comentarios en el antiguo FocoBLOG

Vuelvo a tener pesadillas (4)

Entrada publicada el 1 de Marzo de 2005 por John Tones

No se me había olvidado esta cita-que-procuraré-que-en-lo-sucesivo-sea-más-frecuente con ustedes, no. Es que Pesadilla en Elm Street 4 es tan descarada e insolntemente buena que da hasta pereza tener que enumerar los porqués. Hasta ahora, la entrega de esta serie sobre la que más he disfrutado escribiendo ha sido la segunda, porque ni a mí me termina de convencer. Indagar en sus espesos pliegues de psicoanálisis teen acabó arrojando frutos muy interesantes, pero al igual que la uno es la original y la tres es la redonda, la cuarta es recordada por los fans de la serie, casi sin excepción, como la más juvenil y cool de todas. Sí, vaya anglicismo más poco, euh, cool, parece que me estoy intentando hacer el enrollado con mi hijo. Pero es que no hay palabra más adecuada para definir la cuarta entrega de Pesadilla en Elm Street que cool. También sirven hipermacarra y sicalíptica, pero por una vez ajustémonos al tópico.

Pesadilla en Elm Street 4 es una de las pocas secuelas de mecánica argumentalmente directa que tiene la serie. Retoma algunas situaciones y personajes de la entrega anterior, aunque sea para masacrarlos y justificar la resurrección del titán del pavor onírico. De hecho, apenas había pasado un año desde el estreno de la tercera parte, y New Line tenía pavor de que el cadáver (viviente) se enfriara en demasía. No hay nada que temer. Todo el mundo sabe quién es Freddy. Los responsables de la película, que dan un paso más allá en la estética y recursos narrativos implantados por anteriores entregas, en vez de reformularlos por si hay algún recién llegado. Los protagonistas, que elevan definitivamente a Freddy a la categoría de leyenda urbana, sin origen claro pero con una presencia completamente fuera de toda duda en la vida cotidiana de Springwood (ay, esos padres alcohólicos y divorciados). Y, por supuesto, los espectadores, que aceptan de buena gana este juego para iniciados �debe ser complicado entender esta película para alguien que desconoce las peculiaridades de Freddy & Co.-, y que de hecho, convirtieron a esta película en la más taquillera de toda la serie. Pero la pertenencia a la serie está bien clara, más allá de la presencia de un personaje común, por otro curioso rasgo colectivo: el uso del ambiente onírico para dar presencia física, aunque sea simbólica, a una cuestión intangible. Si en la primera teniamos los pecados heredados de los padres (volveremos al tema, aunque invirtiendo la ecuación, en la quinta entrega), y en la tercera la espinosa cuestión de los sueños lúcidos (teenager style, es decir, como una forma de conseguir superpoderes y aceptación social… aquí veremos incluso una referencia directa �que no explícita- al tema durante una clase en el instituto), en esta ocasión el guión de Renny Harlin y William Kotzwinkle hurga en la espinosa pero fascinante idea de cómo vamos heredando rasgos característicos de la gente que nos rodea. Aquí el guión utiliza el poder de Alice de absorber los poderes de sus amigos, pero resulta sencillo extrapolarlo a una reflexión perversa (con un punto esperanzador, eso sí) acerca de la amistad y sus penurias. Y lanza alguna sugerente idea acerca de la peligrosa energía que encierran los objetos.

Pero no nos dejemos llevar por los ocasionales flecos amargos del guión: Pesadilla en Elm Street 4 es, con diferencia, la entrega más verbenera, estridente y juvenil de la serie. Desde el momento en el que la banda sonora está plagada de hair rock, jevi pop hiperproducido (¡Vinnie Vincent haciendo el tema principal!) y ese hip hop de finales de los ochenta que todos recordamos entre escalofríos (los Fat Boys bramando “Are you ready for Freddy?”, frase de innegable gancho que también sirvió de slogan para la película), el producto no intenta engañar a nadie. El humor sardónico se apodera de las pesadillas y Freddy tiene más líneas de diálogo que en las tres anteriores entregas juntas (y que en las tres posteriores juntas también, me atrevería a decir). Quizás consciente de que Krueger ha dejado de ser una criatura de la oscuridad, tenemos una de las secuencias de pesadilla más extrañas de la serie: la que se desarrolla en la playa, y que incluye en un par de planos guiños a Tiburón y Miami Vice (ojo con esto: un muy identificable trasunto de los míticos acordes de guitarra que inauguraban la serie de Don Johnson sólo se pueden oir en el montaje que se estrenó en cines y en la edición en VHS de la película… de algunos países asiáticos). Impensable en otras entregas de la serie, sí, pero también, a su manera, guiños irónicos que forjan el carácter todopoderoso e icónico de Krueger. Renny Harlin se divierte haciendo que Freddy tarde veinte minutos en aparecer por primera vez, pero mientras tanto, deja caer las señales de que anda cerca por falsas pesadillas (el guante, el sombrero, el jersey a rayas, las niñas, la casa… todo un catálogo de simbología del Freud más pop). Como ya hizo en la tercera entrega, y es algo que me sigue fascinando como la primera vez (y narrativamente, reconozcámoslo, es algo que muy, muy pocos mitos de la historia del cine han logrado a un nivel tan intuitivo), la sombra de Freddy es extremadamente alargada y empapa cada rincón de Springwood, en sueño y en vigilia. Robert Englund comienza a interpretar múltiples papeles secundarios. No hay forma de escapar.

Tampoco piensen en Freddy Cuarto como una especie de superpsychoparodia multigenérica. Con esta entrega pasa como con todas las secuelas de la serie, hasta con las peores: el material de base es tan sugerente y tiene un lado oscuro tan difícil de ignorar que ni en un confeso festival de látex para adolescentes como éste podemos escapar de ciertos rasgos macabros que resultarían inauditos, por ejemplo, en el actual cine de terror clasificado PG. Quédense con este detalle: Freddy es resucitado con la meada (¡glups!) incendiaria (¡gah!) de un perro poseído (¡toma!) llamado Jason (¡sí!). Puede que no haya en esa imagen de la pirouretra canina más que un intento de epatar a toda costa, pero al nivel básico al que yo (y ustedes, espero) me muevo, baña con un manto de blasfemia a nuestro chuloputas del infierno. Su resurrección, con el esqueleto, los músculos, la sangre, la carne recomponiéndose poco a poco, bebe en lo visual tanto de Hellraiser como de la hammeriana Drácula, Príncipe de las Tinieblas, y el final en la iglesia profanada no deja lugar a dudas sobre el carácter impío de Freddy. Que se revela en toda su satanoide maldad cuando ruge “I am eternal” y confiesa que se alimenta de las almas agonizantes de todos los adolescentes muertos de Springwood: un festín que encuentra su perfecta plasmación en el escandalosamente orgiástico efecto que nos lleva al interior del cuerpo de Freddy, en un plano que anticipa los desmanes visuales de la entrega tridimensional.

Y luego, las secuencias oníricas, claro. Hiperkinéticas, llenas de travellings demenciales, de trucajes mecánicos que convierten a Pesadilla en Elm Street 4 en toda una fiesta para amantes de esa estética elástica y carnosa que ya no se lleva, devorada (maldita sea) por la sempiterna y económica (si yo no lo niego) mediocridad del CGI a mansalva. La insoportablemente sádica secuencia de la pizza (¡con las cabezas de las víctimas de Freddy haciendo de tropezones! ¡es imposible que creyeran que esa idea iba a quedar mejor filmada que sobre el papel! ¡¡¡PERO LO LOGRARON!!!). La espeluznante secuencia de la chica-insecto, entremezclada con la metafísica Cintaza de Moebius en la que Freddy coloca a los dos protagonistas. La asfixiante (claro) secuencia del ataque de asma, en realidad un brutal beso de tornillo del villano. Secuencias completamente independientes una de otra, como un puzzle con forma de serpiente, que no hacen sino subrayar la mecánica simplona pero fatídica del guión, en el que los personajes van cayendo uno tras otro, uno tras otro. Nunca una hipérbole había sido tan sencilla como la de Pesadilla en Elm Street 4.

Vuelvo a tener pesadillas (1)

Vuelvo a tener pesadillas (2)

Vuelvo a tener pesadillas (3)

Lee los comentarios en el antiguo FocoBLOG