Entrada publicada el 21 de Mayo de 2011 por John Tones

(Secas o coreografiadas, intensas o a cachetazos, pueden ir haciendo cálculos: mil películas a una media de medio millar por película son…. muchas hostias para una sola serie)

1. Cuando yo era un joven comprometido con la causa, un exégeta del cine de acción, por así decirlo, veía perturbado cómo la sensacional influencia del cine de acción oriental se diluía al llegar a Hollywood. Eran los tiempos en los que John Woo, Ringo Lam o Tsui Hark hacían carrera en Estados Unidos, y aunque nunca he sido un integrista de nada (siempre he defendido cosas del Woo norteamericano que nadie más parece estar dispuesto a salvar, aunque luego haya quedado el pobre para lo que ha quedado, y creo honestamente que la entente Van Damme-Tsui Hark solo ha dado solo alegrías), en términos generales daba pena ver talentos aguados por el vil metal. En mis sueños anarco-bofetistas soñaba que una noche, en vez de emitir una película de acción de Steven Seagal por la televisión, había una confusión con las cintas y se emitía Los Supercamorristas o Tiger on the Beat. Y a la gente se le abrían los ojos y decía: «Joder, esto sí que son hostias secas y buenas», y se iniciaba la Revolución Estética De La Mano Abierta. Eso nunca pasó, claro, y aunque hubiera pasado, la gente seguiría prefiriendo Steven Seagal a Michelle Khan, porque la gente es gilipollas. Pero el deseo quedaba.
Luego ya me hice mayor, y viejo, y estaba cansado, y supe que las cosas no se cambian, y menos con retruécanos casuales de comedia romántica. Sin embargo, viendo Venganza experimenté un deseo similar a aquel de mi enjuta juventud, aunque en términos distintos. Soñé con la posibilidad de que el DVD de Venganza fuera a ser regalado con una revista para hombres testosterónicos, pero un error de packaging colocara una remesa de regalo con Ser Padres Hoy. Y así, toda una generación de jóvenes progenitores entendiera los auténticos valores del núcleo familiar: si tengo que ir de Nueva York a Macedonia dando hostias para recuperar a mi hija, lo hago. Por desgracia, tampoco los valores de la hostia seca ni los de los auténticos métodos para acabar con la trata de blancas se van a difundir por culpa de un DVD mal ubicado en el kiosco. Consolémonos con las virtudes de Venganza, que son muchas y muy abundantes.
2. Venganza cuenta cómo la hija de un ex-agente de Operaciones Especiales (Liam Neeson) es secuestrada por una red de trata de blancas que secuestra vírgenes americanas de turismo por Europa y las vende al mejor postor, en este caso un jeque árabe que como no puede ser de otra manera, recibe lo suyo. Lo prodigioso de Venganza es (cómo definió, si no recuerdo mal, un focofororero) la impresión que da este terminator maduro de que ha ido en línea recta y en orden alfabético para recuperar a su criatura. Primero los albano-kosovares, luego los belgas y así pin, pan, sin que pueda detenerle un muro, una autopista o un ejército de matones del este. La simplicidad argumental que siempre se achaca a las películas de acción es aquí idónea desde un punto de vista estructural, porque contribuye a reforzar esa imagen de padre de familia que no va a desviarse ni un solo paso de esa línea recta con tal de encontrarse con su hija lo antes posible. Dicho de otra manera: el argumento de Taken no tiene curvas ni bifurcaciones porque no lo tiene ni la moral ni las intenciones del personaje de Liam Neeson. Como en una buena película de artes marciales, aunque Venganza solo lo sea en espíritu, el lenguaje de Taken y su discurso sobre la hostia como única dialéctica son uno. En ese sentido, la película no podía ser más francesa.
3. William G. Hillar es el nombre de un elemento de cuidado: autoproclamado experto en contraterrorismo, vivió durante años dando charlas para el gobierno de los Estados Unidos sobre el tema. Cuando se estrenó Venganza, quiso verse reflejado en la cansada mirada de Liam Neeson y afirmó que la película estaba basada en un caso prácticamente idéntico de su vida, cuando su hija fue secuestrada. El Gobierno olió a chamusquina e investigó a fondo su curriculum: Hillar no había pasado de guarda costero y nunca había estado en el ejército. Pero es llamativo cómo arruinó una tapadera cuidadosamente construida durante años por forzar una identificación (legal: exigió aparecer en los créditos del film) con Bryan Mills, el héroe de Venganza.
No es para menos: la implacabilidad de Mills, su coraje de una sola pieza da pie al héroe de acción menos ambiguo y, por eso mismo, más carismático del cine de acción de los últimos tiempos. Cuando James Bond exhibe más debilidades que faroles, cuando la gracia de Bourne es que le salen las heroicidades por instinto, la seguridad de Mills en sí mismo y en aquello en lo que cree es una especie de reconfortante retorno a los ochenta. Cuando los héroes estaban convencidos de serlo y estaba mucho más claro quién eran los malos. Porque sabemos que todo es una película y que la vida es más compleja que esto, ¿no? Pero de vez en cuando, bañarse en esa fantasía ayuda a conciliar mejor el sueño. Se lo aseguro.
Entrada publicada el 22 de Octubre de 2007 por John Tones
Cuando Nacho Vigalondo volvió de su triunfal paseo por Austin, no solo se trajo un premiazo para Los Cronocrímenes bajo el brazo. Bajo el otro portaba un DVD que, aseguraba, tenía que ver lo antes posible. En una situación que supongo cercana al tráfico de snuff movies que imagina Charlie Sheen o que ficciona Joel Schumacher, Nacho me pasó por lo bajini en un restaurante chino (verídico) un DVD con la versión screener de Mirageman, un largometraje chileno de superhéeroes y artes marciales que, como ven, he tardado semanas en asimilar.
Aún no tengo muy claro cómo hacer justicia a las virtudes de Mirageman.
El protagonista de esta película de Ernesto Díaz (responsable también de Kiltro, que pudo verse en el último Festival de Sitges aunque yo no tuve ocasión) es Marko Zaror, un especialista chileno en patadas sequísimas que prácticamente no articula palabra. Encabeza la historia de un atleta con exceso de nobleza que se convierte, a pesar de las burlas de sus compatriotas, en un enmascarado que ayuda a los débiles. Sí, amigos, Mirageman es una película de superhéroes.
Mirageman adopta, fiel a la gramática hiperrealista de sus secuencias de lucha, la forma de relato iniciático superheroico narrado con total credibilidad: desde el descubrimiento fortuito del protagonista de que con sus extraordinarias capacidades atléticas puede ayudar a quienes le rodean, a la aparición de un posible sidekick, pasando por las diversas misiones que Mirageman va llevando a cabo. Un ejemplo: uno de los grandes tópicos del canon superheroico, el disfraz, uno también que siempre obliga a una fuerte suspensión de la credulidad del espectador, se cuenta aquí con sencillez, con honestidad, sin subterfugios ni poesía charcutera. Haciendo footing, nuestro héroe se topa con unos atracadores que están desvalijando una casa: tras derribar al primero de ellos en la calle le quita la capucha tras la que el bellaco esconde su rostro y se la pone. Entra en la casa, salva a la damisela en apuros y se va por donde ha llegado, dejando un rastro de malhechores inconscientes. La cuestión del encapuchamiento no viene ni por un código genérico heredado de forma ciega (aunque es obvio que los personajes de Mirageman conocen no sólo la mitología del superhéroe, sino la de unos superhéroes muy concretos) ni por una necesidad de crear un conflicto dramático. Es un simple resorte argumental momentáneo que se asimila con naturalidad para respaldar, más adelante, la codificación de la película. Es decir, usa el naturalismo como un refuerzo para el tópico de los comics. Como se pueden imaginar, sus resortes narrativos están muy lejos de las superproducciones que llevamos padeciendo unos cuantos años.
Mirageman adopta una honestidad desarmante en su descripción fidedigna de la crónica de la gestación de un hombre enmascarado que lucha contra el mal. La única manera de justificar sus decisiones, su honradez, su pureza e inocencia, está en convertirle en un hombre taciturno, casi un tarado. La pochez más genuína impregna cada instante, desde la composición de los planos, poco expresivos a menudo, a la banda sonora, pasando por cada uno de los detalles que conforman el héroe. Una secuencia que en cualquier otra película se liquidaría con un montaje festivo y semihumorístico acompañado de un standard de la música disco, la del necesario diseño del traje, aquí se resuelve de forma melancólica y lenta, desbordando una ironía perversa y una naturalidad contraproducente: ver a Marko abocetar uno tras otro los distintos trajes de Mirageman, probarse más tarde todos los adminículos (¡mariconera! ¡riñonera! ¡camiseta de camuflaje! ¡sombrero!) que ha comprado para complementar su disfraz es una experiencia que abofeteará a cualquier espectador que no tenga un sentido de la maravilla a prueba de bombas o una edad mental de siete años.
Mirageman puede despistar al espectador con un sentido del humor poco afilado, que puede pensar que está ante un reflejo latino de una de esas producciones turcas que en Oink, Yonkis o cualquier Blog De Cinefagia Friki Y Cachondeo Sano calificarían de “tan mala que es buena”. En Mirageman descansa una idolatría hacia el género superheroico que se distancia de la mera adoración ciega: el mejor plano de la película es aquel en el que Mirageman tarda tres o cuatro minutos en ponerse el disfraz mientras la cámara, desafiando todas las leyes de la agilidad fílmica, aguanta el plano, y lo aguanta, y lo aguanta mientras que el héroe saca su máscara, se la pone, se enfunda la camiseta, y esconde su ropa (que habrá desaparecido cuando intente retomar su identidad secreta). Queda claro que no hay nada al azar, ninguna torpeza fortuita o logro casual en Mirageman.
Y las secuencias de acción redundan en esta mezcla de sobriedad moral y contundencia de concepto con peleas impecables, furiosas, filmadas a ras de suelo y extraordinariamente montadas. Markos es una bestia, y confío en él como un futuro héroe de acción a quien tener en cuenta, uno completamente ajeno a subtramas orientalizadas y a banalidades herederas del peor cine de acción de gran presupuesto. Mirageman es, en realidad, sólo una película de superhéroes modesta y enjundiosa, admirable en su honestidad y en su concisión. Mirageman es, y soy el primer sorprendido, la mejor película de superhéroes canónica que recuerdo. Y estoy dispuesto a darme de hostias con cualquiera para defender semejante postura.
Entrada publicada el 8 de Noviembre de 2005 por John Tones
Dicen que circula por ahí una copia íntegra de Screaming Tiger. Pero no me interesa localizarla: seguro que carece de la radicalidad conceptual e intensidad narrativa de mi escueto montaje de 75 minutos, que en tan breve margen de tiempo acumula unos cuantos elementos del mejor cine de kung fu de los setenta (a saber: Wang Yu, chinos contra japoneses, robo indiscriminado de bandas sonoras de películas occidentales �aquí, un par de temas de La Muerte Tenía un Precio-, machismo brutal, sombreros tremendos y malvado que masacra aldea y familia del héroe �con la consiguiente venganza-). Y, de paso, también exhibe una concisión narrativa fruto de la encontrada brevedad: la primera pelea tiene lugar antes de que se pronuncie la primera línea de diálogo; en los créditos iniciales, ya vemos a Jimmy Wang Yu huir de un tipo con un cesto en la cabeza; y antes de que pasen diez minutos ya hemos sido testigos del obligado flash-back que ilustra la masacre que dispara el argumento, la declaración de intenciones del protagonista y la primera frase inolvidable: “I’ll kill every japanese in the world”). Los paradigmas de la serie B (menos es más) quedan perfectamente ilustrados en este recorte de metraje que, lejos de castrar las virtudes de la película, las disparata.
La frase que recogía más arriba resume en un puñado de palabras pletóricas de no-significado las delirantes maravillas que ofrece Screaming Tiger (también conocida como Screaming Ninja �me encanta-, Ten Fingers of Death, King of Boxers, o Ten Fingers of Steel): maniqueísmo extremo y sencillez a la hora de presentarlo. Otro ejemplo: lo mejor de la película es, sin duda, una descomunal pelea final entre Wang Yu y el villano en entornos muy diferentes (un tren en marcha, una catarata, un paraje montañoso) a lo largo de diez agónicos miutos de hostias como membrillos, veloz y marrullera, con los luchadores agarrando enormes pedruscos y estampándoselos a la némesis en el cogote. Desde hace un buen rato de metraje, había llegado un momento en el que el batiburrillo conceptual e involuntario de Screaming Tiger hacía del todo ininteligible la línea argumental de la película, y Jimmy Wang Yu, simplemente, se ha visto atrapado en una muy sindiosista sucesión de combates entre jefes de escuelas, maestros de estilos zoológicos y últimos defensores de placajes moribundos.
Hay algo fascinante en Jimmy Wang Yu, supongo que todos sus fans coincidiremos, y es el devastador odio que experimenta hacia el género humano en sus películas. Por eso, cuando lo vemos en una escena galante o cómica o reposada, simplemente, no cuela. Ese “bastards” que susurra al acabar dos de cada tres frases, ese gesto cerril, diríamos que reflejo de un profundo mundo interior (sino fuera porque vemos a sus personajes más cerca de vivir en un continuo “Gñé!” mental, à la Seagal, que de estar tramando sofisticados planes de venganza)… Jimmy Wang Yu es, quizás más que cualquier otro actor oriental o occidental de la historia del cine (chúpense esa hipérbole), la perfecta personificación del odio vengativo y rastrero, del “ya verás, ya” guardado durante años, produciendo bilis y espumarajos en el alma… Y por supuesto, la personificación perfecta del odio racial, un odio que ha dado pie a piezas de kung fu míticas (Furia Oriental de Bruce Lee en cabeza) y a alguna película menos conocida, pero muy superior a los aspavientos de Bruce Lee (Shaolin contra Ninja, bellísima orfebrería de guantazos interraciales). En este caso, aparte de la estupenda frase que destacábamos antes, y que ha pasado a figurar, de súbito, entre las piezas más destacadas de mi libretita de citas fílmicas inolvidables, está un retrato más o menos fidedigno de las diferencias entre los estilos de lucha chino y japonés (este mucho menos cinematográfico). Y siempre barriendo para casa. O la apocalíptica pelea del héroe contra un grupo de luchadores de sumo. La mayoría no muy fornidos. Uno de ellos con barba.
Me gustaría que retuvieran este concepto en sus cabecitas: luchador de sumo con barba. Si eso no hace que se abalancen sobre su proveedor de deuvedés orientales más amanoso agitando un código operativo de Paypal sobre sus cabezas, nada lo hará. Supongo que, como tantas otras películas de género, Screaming Tiger es inolvidable por las razones incorrectas, pero qué demonios. La furia, el odio, el refunfuñe oriental siguen ahí. Lo básico. Sigue siendo Jimmy Wang Yu. Y nos encanta que nos odie.
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